Idalí
Ella está a mi lado, totalmente desnuda y fría. Yo también
estoy frío, pues se nos olvidó cerrar la ventana y la cobija no
sé a dónde fue a parar.
Comienzo a pasar
mi mano por su cuerpo todo, como la noche anterior y una leve perversión
me anima a poseerla, pero me detengo. Dios mío, hasta dónde he
llegado por esta mujer, y por ella hubiera hecho lo indecible... mi pequeña
Idalí, recuerdo muy bien los días en que nadábamos juntos,
cómo su traje de baño negro revestía con elegancia su cuerpecito
de adolescente. Solíamos coquetear, su tez blanca se sonrojaba fácilmente,
su caminar era breve, apretadito como marcado por un compás preciso.
Cómo llegamos a querernos y aquella tarde de invierno en que quedamos
solos y nos miramos y nos pusimos a temblar y a reír, porque la inexperiencia
volvía torpes nuestros movimientos y porque después de un rato
yo no adivinaba como desabrochar ese sostén.
Idalí, vaya
nombre, nunca me supiste decir lo que significaba... todo estaba tan bien entre
nosotros, hasta que pusiste los ojos en Eduardo, ¿qué le viste
a ese ingeniero de mente cuadrada y sin imaginación? Tú, mi querida
Idalí que tantas noches terminabas entre mis brazos, suspirando mientras
con mis dedos me entretenía alborotando tu pelo negro.
Hoy de nueva cuenta
estás a mi lado. Qué tonta fuiste al venir a mi departamento,
por qué creíste en mis engaños... quizá porque todavía
me amabas y yo que no puedo soportar que seas de otro. Lo siento en verdad,
creo que ahora me arrepiento. Lástima que ya estés muerta.
Roberto Cortés Hernández