El último concierto
Parecía un concierto más, las entradas se habían agotado y nosotros
todavía resentíamos la resaca de la noche anterior. Antes del
concierto tuvimos una sesión –la última- con la productora de la
disquera para el video que acompañaría el último disco de Manuel
"Mano"Valverde, el icono del rock en los 80´s, que veinte años después
volvía a encabezar las listas de popularidad con una canción sin
pretensiones como Celebrando estoy, pero lo suficientemente auténtica
para llamar la atención a las nuevas generaciones y recordar sus
inicios a sus fieles seguidores.
Ante el inesperado éxito, la agencia discográfica había decidido hacer
una gira por toda Latinoamérica, rodeándolo con una banda de jóvenes
para imprimirle un nuevo aliento a su repertorio. De esta manera la
banda estaba integrada por Joe Horcasitas en el bajo, Jiménez Lera en
los teclados, Claudio Brown en la guitarra y yo, Rubén San Martín, en
la Batería.
Personalmente creo que fue un acierto de la disquera. Desde los
primeros ensayos hubo química entre todos nosotros. El día que
grabamos para MTV Mano Valverde en un arranque de euforia aventó su
vieja guitarra Lenox ante una audiencia de butacas vacías. La gira no
podía empezar mejor, el disco estaba por las nubes y la radio
transmitía a toda hora Celebrando estoy.
Yo conocía desde mi niñez los principales éxitos de Mano Valverde,
había visto cantar a mis tías canciones como Paraje Soledad,
Esquiroles de amor, Casi hermanos, Bailando all night y la célebre
Guerrillero, sound track de la película Las sombras del puerto. por
eso me pareció un buen reto poner al día esas canciones. Además
¿quienes éramos nosotros? Un grupo de jóvenes, promesas del rock
mexicano, que con algunos destellos de maestría en concursos como Rock
City nos habían puesto en la antesala de esta oportunidad. Nunca
habíamos tocado juntos, pero nos conocíamos por estar en el ambiente
del rock.
Mis tías estaban locas con la noticia. En el fondo todos lo estábamos.
Incluido Mano Valverde.
Yo no lo sabía, pero me di cuenta muy pronto que Mano Valverde no se
llevaba bien con una dama de nombre memoria. Después se hizo evidente
que él olvidaba algunos versos de sus canciones, que sus fans lo
sabían, se lo perdonaban e incluso le ayudaban coreando las letras de
sus propias canciones.
Yo me hice amigo de él rápidamente, pues en los conciertos, cuando se
olvidaba de alguna estrofa yo era el único de la banda que podía
ayudarle, pues recordaba con asombrosa claridad los cantos de mis tías.
Concierto a concierto nos fuimos conociendo todos. Siempre
terminábamos el algún bar de mala muerte consumiendo drogas. Mano
Valverde, al igual que en la música, se había quedado en el pasado, él
sólo fumaba marihuana, nunca quiso meterse otro tipo de drogas. Eso
sí, parecía una chimenea, uno podía verlo desaparecer en enormes
volutas de humo.
Mano Valverde era un tipo emocional, en un momento estaba eufórico
–con o sin drogas- y al otro, se sumía en la depresión. Algunas veces
estaba melancólico y otras irascible. Odiaba que se le olvidaran sus
canciones, me di cuenta que las quería en extremo. Seguía escribiendo,
tenía la costumbre de escribir todos los días. Me contó que muchas de
sus canciones habían nacido primero como poemas o cuentos cortos.
Por él me enteré que existía realmente María Celeste, la mujer de piel
aceitunada de la canción Por siempre mía, la conoció trabajando como
mesera en un café de una ciudad costera de Veracruz. Era una historia
trágica, de decenas de cartas nunca respondidas. De un affaire con una
adolescente que él desestimó y que terminó en el suicidio. Él nunca
pudo levantarse y ser el mismo. Me di cuenta era su canción preferida,
recitaba los versos de esa canción como si fueran una oración.
¿Que pasó realmente aquella noche en Puerto Navidad?
Nadie lo sabe realmente. Ese día Mano Valverde se había levantado con
el demonio por dentro, estaba fuera de sí, molesto con todos. Cuando
llegaron los de MTV los dejo esperando horas para la entrevista.
En esa ocasión pensaban grabar el concierto. Pero querían algo
espectacular, los organizadores habían propuesto 2 plataformas
cambiantes en el escenario asemejando con sus movimientos a las olas
del mar, lo que nos pareció una buena idea en el ensayo pero resultó
una catástrofe en el concierto. Mano Valverde todo el tiempo pareció
desconcertado, perdido en el escenario, con dos olas gigantescas
moviéndose a sus espaldas. Su molestia fue aumentando durante el
concierto.
A nosotros nos pareció divertido ver a un cincuentón pasearse
refunfuñando en el centro inamovible viendo como a sus espaldas sus
músicos ora estaban de un lado, ora estaban del otro. Entre canción y
canción berreaba con los de MTV, maldecía las luces, pedía más vino y
vociferaba a quien se cruzaba en su camino. Algunos organizadores, ya
molestos, empezaban a mirar su reloj.
Mano Valverde fiel a su costumbre comenzó a olvidar algunas estrofas
de sus canciones, simplemente se le extraviaban y la audiencia, un
poco entre risas, aceptaban con complicidad y le gritaba las letras.
Sin embargo esta vez pareció molestarle, se mostró indiferente al
público y su malestar se hizo evidente.
En el descanso, aproveché para ir por un trago. Mano Valverde pasó
cerca de mí y me recriminó con palabras rudas que no lo estuviera
ayudando con las canciones. Regresé a mi lugar molesto. ¿Qué se había
creído, ese cretino? Yo no tenía la obligación de estarle soplando las
letras de sus canciones todo el tiempo. Además, eso del escenario no
era mi culpa. Estaba furioso con su actitud. Peor que la de un capataz.
La segunda parte del concierto fue todavía peor. Los fans habían
resentido la molestia del artista y ahora le pagaban con su frialdad.
Ahí fue donde la noche se torno oscura y lenta, insoportablemente
lenta. La gente ya no tomaba en broma los deslices de Mano Valverde,
él se dio cuenta y quiso reaccionar, pero era demasiado tarde, la
gente ya no coreaba sus canciones y tampoco hace caso a sus bromas. El
tiempo literalmente se detuvo y Mano Valverde perdió la paciencia y
los estribos. Era una olla express a punto de estallar, sentía que
todos conspiraban contra él. Y de alguna manera lo hicimos.
El público se volvió hostil y comenzaron a chiflar, las luces del
escenario estaban fuera de control, las cámaras de MTV lo acecharon
inmisericorde y yo perdía la vista en el horizonte cada vez que
olvidaba la letra. El gran artista estaba solo.
Pidió a la banda Por siempre mía. Era clara su intención de cantar su
himno personal y adelantar el final del concierto.
Sin embargo, al momento de recibir la orden me solté con una ráfaga de
batería, un arreglo que habíamos ensayado como antesala de esa
canción. Era un solo en batería muy enérgico que dejaría exhausta a la
audiencia lista para recibir la melancólica letra de Por siempre mía.
Pero en este caso, el solo estaba de más. Yo lo sabía, pero aun así lo
hice. Y no sólo duró los 50 segundos acordados, fueron casi 3 minutos
en que con furia mancillé la batería, era una forma de rebeldía, una
revancha por tratarme de esa manera. Mano Valverde se volteó y me
agredió con su mirada severa. Nos mantuvimos la mirada, como si
fuéramos dos hombres en duelo y mis brazos volaban por loa aires
creando un himno de guerra nunca antes escuchado.
Cuando di paso a la canción, la mente de Mano Valverde ya no estaba en
el escenario, empezó a cantar, pero su voz se apagó en la tercera
estrofa, bajó los brazos, su mirada se perdió, quiso recuperar su
canción favorita, repitió el último verso cantado, pero no pudo
continuar. Bajó del escenario y se dirigió a la salida. La cámara de
MTV lo siguió por la ruta de evacuación y lo vieron tomar un taxi para
perderse con dirección al puerto.
Nadie fue tras él. El escenario se quedo mudo, nos costó algunos
minutos reaccionar. Como si hubiera pasado un temblor, nos
concentramos en el escenarios mirando alrededor, como comprobando los
daños. Muchos se acercaron a mí para felicitarme, creían que mi
participación con la batería había sido un intento para salvar el
concierto o por lo menos para dar algo memorable a la gente. Yo mismo
no pude entender de donde salió tanta energía. Me sentía culpable.
Hoy hemos cumplido una semana varados en la playa, esperando a que
aparezca Mano Valverde. Nadie sabe donde está, pero piensan que es
sólo cuestión de tiempo para que regrese. Yo estoy sentado todo el
tiempo frente a la costa, mirando el mar, el cielo e imaginando aquel
café en un poblado perdido de la costa de Veracruz.
Roberto Cortés Hernández