En cualquier lugar

Es… ahora que lo pienso, un jodido hotel, un viejo, barato y arranciado hotel, de cuartos impersonales, limpios de polvo pero no limpio de culpas, cuartos pequeños, adornado con una franja de azulejo azul, opacos por el tiempo, donde aún se pueden ver las sombras de cuerpos retorciéndose entre las sabanas, y si te acercas más, puedes oír los jadeos, las prisas, los titubeos y el sudor de no se cuántas generaciones anteriores que han pasado por aquí, taxistas, putas, señoras que vienen del mercado, jovencitas y adolescentes que buscan experimentar. ¿cuántos no se han subidos en esta misma cama para soñar con los ojos abiertos? , para engañarse mutuamente, de que no sólo es sexo lo que buscan, de que este encanto puede durar más de media hora, casi puedo escuchar murmurase al oído, promesas vanas, inocentes... encantadoras.

Y ahora yo estoy aquí, para sumarme a la inacabable lista de parejas, aquí en espera de que salga Norma del baño, esperando a que tome valor frente al espejo para desvestirse frente a un extraño, mirando sus ojos llorosos porque bien sé que esto no es lo que siempre soñó, no hay velas alrededor de la cama, ni vino, ni música de fondo, y quizá por ello su tardanza, cómo una forma de reprocharme el lugar a la que la he traído, el momento que quizá trate de olvidar o reconstruir con mentiras para que cuando salga la plática con sus amigas parezca que fue algo hermoso, algo tierno. Puras mentiras. Ahora mismo podría estarse arrepintiendo de estar conmigo. ¡Qué no pasará por su mente! … las palabras de su madre, las conversaciones entre amigas, ahora, quizá se sienta atrapada sin saber cómo actuar, sin saber que hacer y demore para que yo me desespere y me vaya y la deje sola entre sus lágrimas, sola llorando. Y debería hacerlo, después de todo no nos une nada, puede ser una mujer más que conocí en una alberca hace unos días, que me pareció bastante mocha y aburrida y por ironías del destino hoy la volví a encontrar en una disco disfrazada de mujer segura, de mujer que está dispuesta a todo, sola y dispuesta a ser seducida. Debería haberme quedado con mis amigos a terminar la tercera ronda de cervezas, a reír un poco más, ahora mismo podría estar bailando con Araceli si de verdad pensaba ir, pero claro, después de lo ocurrido, lo que menos quería era que me viera solo. Y Norma surgió entre las luces y el humo del cigarro, y la idea me pareció buena.

Tal vez debería dejarla sola, tomar mi saco y salir dando un portazo para que ella respirara tranquila y acompañada de sus temores regresara en un taxi a su casa. En el fondo todos hemos sentido temor la primera vez, por eso el alcohol, por eso la sonrisa falsa, la seguridad fingida, el valor tambaleante, que necesita ayuda para dar un paso después del otro, y en ese sentido yo había sido el elegido, el que no tenía derecho a hacer preguntas, el que tenía la obligación de ser tierno, de ser cariñoso aun cuando esto no tenga futuro.

Por fin se oye el pasador de la puerta, volteo y la veo en el marco desprotegida, con sólo una blusa cubriéndola y el silencio repentino acrecienta la distancia entre los dos, dudo en dar el primer paso, pero me acerco, evito hacer cualquier gesto y ella me mira fijamente a los ojos, con esos ojos llorosos que han aceptado el destino. Está tensa, con mucho cuidado acerco mis manos a su rostro y trato de ser lo más cuidadoso posible y voy deslizando mis dedos por su cara, por sus labios que ahora me parecen más suaves, y la veo desnuda y la veo tan indefensa y extrañamente me voy sintiendo solo e indefenso y estamos tan solos los dos en este gran silencio que ya se ha vuelto interminable. Apago la luz del baño y la conduzco hacia la penumbra de la habitación...

 

Roberto Cortés Hernández

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