Cuarteto de cuerdas.
Los músicos se levantaron de sus asientos para agradecer el aplauso de la gente. Susana se acercó a mí y me dijo entusiasmada "Me encantan las cuerdas". Yo no dije nada y seguí aplaudiendo, sin embargo, no pude contener el traspié que sus palabras me produjeron y de golpe regresó a mi memoria el sueño que con frecuencia tenía en mi infancia y que suponía, había superado. Los músicos esperaron a que la ovación cesara para volver a inundar la sala con sus acordes.
Ahí estaba yo nuevamente, con el paso titubeante por la cuerda floja, en medio del inmenso vacío, acrecentado por la altitud y lejanía de nuestros asientos con relación al escenario. El terciopelo rojo de las cortinas y las luces de abajo daban la impresión de ser el fondo del infierno, donde las llamas te esperaban después de una angustiosa caída.
Lo difícil en el sueño era mantener el equilibrio y sostener el peso de la garrocha que llevaba en las manos y que paso a paso pesaba más. Todo esto empeoraba con el viento que soplada desordenadamente, moviendo la cuerda de manera caprichosa. Tenía que detenerme y muchas veces retroceder para mantener la vertical... en mi sueño siempre terminaba por caer. Caía y caía en el vacío hasta que me despertaba agitado, empapado en sudor.
Ahora esa misma visión se hacia presente, nuevamente me encontraba en la cuerda floja, con la garrocha en las manos y el viento en mi contra. Lo peor de todo era que el cuarteto de cuerdas hacía chillar los violines de una forma extraña, como recreando a propósito las ráfagas de viento que comenzaban a mover la cuerda... traté de controlar mi respiración, de balancear cada paso que daba, pero sentía como el sudor se escurría por mi frente. El peso de la garrocha comenzaba a doblar mis brazos. Apreté los labios con fuerza, esta vez -pensé- tenía que ser diferente, debía oponer mayor resistencia, esta vez no podía caer, esta vez caminaría por la cuerda hasta llegar a la orilla, tenía que ser capaz de controlar los miedos de mi niñez. Apreté la quijada y fui deslizándome rápidamente por la cuerda hasta que llegó nuevamente el aire acompañado con los acordes de los violines que hacía ra,ra,rá ra,ra,rááá y otra vez ra,ra,rá ra,ra,rááááá.
El control lo iba perdiendo, el sudor resbalaba por todo mi cuerpo, no encontraba el balance y los violines atizaban la fuerza del viento con su ra,ra,rá ra,ra,rááá y nuevamente ra,ra,rá ra,ra,rááá. Estaba a punto de soltar la garrocha. Di un giro desesperado de 360 grados para mantener la vertical, pero mi pie izquierdo no encontró la cuerda a tiempo, el peso de mi cuerpo se fue hacia el vacío, arqueé la espalda hacia el otro lado, pero no pude sostenerme... los violines, el viento, la oscuridad, la cuerda, el vacío... solté la garrocha, extendí los brazos siguiendo mi instinto de supervivencia, me aferré desesperadamente a la cuerda y desde lo más profundo de mi ser salió un desgarrador y estentóreo grito: ¡NOOOOOOO!
El auditorio quedo en silencio. La música cesó y alrededor de nosotros la gente estaba estupefacta. Susana puso sus manos en mi cara y tiro con fuerza. Alcanzó a decir entre dientes: "Suéltame.. que me estás ahorcando..."
"Lo siento, -dije, con voz entrecortada- estuve a punto de caer". Temblaban mis manos y mi espalda estaba bañada en sudor.
Roberto Cortés Hernández