El Ligue Perfecto.

Todo empezó en el bar, yo estaba en la barra cuando ella se acercó y me invitó un trago,  platicamos un rato hasta que ella -siempre ella-, jugueteando con su vaso, me miró a los ojos y me dijo con un sensual acento que ningún prejuicio la limitaba. Ya no hubo mucho de qué platicar, ambos salimos ansiosos del bar, los pretextos sobraron, nuestras miradas ya se habían puesto de acuerdo.  Sus piernas eran realmente perfectas, llevaba falda corta y su cabellera pelirroja se movía de un lado a otro.

Ella sugirió el sitio y al entrar pidió la habitación 107, yo estaba realmente emocionado que nada me pareció extraño, ni el hotel de tercera al que entramos ni el servicial señor que nos atendió sin quitarnos la vista de encima. Al dirigirnos a la habitación ella se me acercó y me empezó a susurrar al oído mientras yo, abrumado,  pasaba mis manos por todo su cuerpo -su increíble cuerpo- … ¿en la cama? Un verdadero remolino, insaciable, escandalosa, cómo si fuera una criatura sacada de la imaginación de George Bataille.

En ningún momento eché de menos a mis amigos que al no encontrarme, seguramente se habrían marchado a seguir la parranda en algún café chino, a seguir consumiendo alcohol y contando chistes malos. Si me vieran ahora. Yo el menos seductor de los hombres tenía en estos momentos a la mujer más hermosa que habían visto mis ojos.

 

En estas placenteras reflexiones me encontraba cuando escuché pasos en el corredor, de pronto alguien estaba forzando la cerradura y cuando la puerta se abrió, ante mis atónitos ojos entraron de golpe media docena de hombres vestidos con batas blancas, haciendo una gran alharaca, prendieron la luz celebrando a los cuatro vientos su éxito: todos se abrazaban y el más joven que traía consigo una botella de champagne, la destapó y empezó a salpicar a todos. Atrás de ellos entraron tres fotógrafos con cámara en mano y en un instante la lluvia de flashes empezó a caer.

Fue entonces cuando traté de sobreponerme de la conmoción pero me sorprendió ver que las paredes que me rodeaban no eran reales, estaban sobrepuestas y de los cuadros colgados salieron todo tipo de artefactos, cables, medidores, equipo de vídeo, micrófonos ocultos, sensores de rayos ultravioletas capaces de medir los niveles de excitación y cada vez más gente, más ojos mirándonos a los dos, juntos y desnudos. Se felicitaban entre sí… esto era una locura.

 

Todo el tiempo nos habían estado observando, era tal la euforia que pusieron música, aventaron confeti, y yo mareado con tantos flashes empezaba a tener nauseas. Pero mi asombro llegó a niveles increíbles cuando dos hombres vestidos de overol se acercaron a Mariza -así se llamaba ella-, le quitaron la sábana de encima y apretaron de una extraña forma su pecho, al momento, del vientre se abrió una especie de compuerta dejando al descubierto un manojo de cables conectados entre sí, de ahí sacaron un CD, donde estaba la información que necesitaban, luego a la altura de la pelvis volvieron a abrir otro compartimiento similar al primero, del cual extrajeron un tubo de ensayo que contenía semen hasta la mitad, presumiblemente mío.

“Eres todo un semental “ -me dijeron entre carcajadas. Yo me había quedado sin habla. Un hombre con aspecto a carnicero tomó a Mariza de la pierna izquierda -esas hermosas, bronceadas y perfectas piernas- y como si fuera una res, se la echó a la espalda y salió con una sonrisa socarrona dándole palmadas en el trasero.

Un tal Mr. Smith,  de barba y lentes, de largas arrugas, al parecer el responsable de todo este teatro, se acercó a mí y  con un español entrecortado,  me dijo que todo había sido un éxito, la cibernética pronto podría atenuar las insatisfacciones sexuales de la sociedad de fin de siglo y no sé que tantas tonterías… yo, con lágrimas en los ojos, veía cómo se diluía mi ligue perfecto en un brindis de espumoso champagne.


Roberto Cortés Hernández

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