La herencia

Mi tío Eulalio me mandó una carta cuando se enteró que había terminado mis estudios de Ingeniería Civil. En ella me explicaba que su intención era construir una granja para la engorda exclusiva de gallinas y no sólo eso, lo más importante era que había pensado en mí para llevar a cabo el proyecto de construcción.

El terreno donde pensaba edificar la granja había pertenecido al abuelo y le había sido heredado como última voluntad. En él sólo se podía observar dos cuartuchos malhechos que se asomaban en lo alto de una lomita, sin piso, ni ventanas, acaso una puerta oxidada, ruidosa al abrir.

Desde la carretera se le podía ver. Allá, muy cerca del pueblo de Santa María Texcalac, Tlaxcala. Su aspecto era bastante desolador, con el techo colgado y las varillas caprichosamente de fuera, parecía más bien, un inválido esforzándose por no caer.

Todo el pueblo la conocía como "la casa verde". No porque estuviera pintada de ese color, sino porque después de la temporada de lluvia, la pared se humedecía de tal manera que en ella crecía todo tipo de musgo dándole una pigmentación verdosa. Pero su enorme popularidad se debía a que había sido ocupada, en tiempos de la Revolución, por las tropas de Pancho Villa. Y según cuenta la leyenda, se dice que en aquellos cuartos se organizó un señor bacanal en honor del General que duró toda una semana. Bailes, comilonas y orgías que mantuvieron al vilo del escándalo a toda la sociedad tlaxcalteca.


Eso sí, -pensaba yo- muy pronto esa leyenda pasaría a mejor vida y ese terreno se convertiría en una ejemplar granja productora. Y yo sería el Ingeniero, el creador, el visionario que ya saboreaba el éxito de la empresa y las delicias de la fama en los círculos empresariales. Por eso acepté la invitación del tío Eulalio. No fue difícil convencer a Miguel e Iván, compañeros de la escuela, para que me acompañaran en la misión. Así -calculé- ahorraría mano de obra en la demolición a cambio de estampar sus nombres en una pequeña placa que aparecería a la entrada de la construcción.

En pocas horas me vi en la Central Camioneta cargando todos mis tiliches, con el boleto en la mano, liderando a mis improvisados escuderos... sin imaginar lo que me esperaba.


Dicen que fue el domingo anterior, casi amaneciendo, cuando un aldeano pasó frente a la casa verde y por necesidad se acercó a orinar, fue entonces que palideció porque ante sus ojos, según él, podía distinguirse de entre las grietas el rostro de Jesús ensangrentado. Se olvidó de su carga de madera y tropezándose corrió hasta llegar al pueblo de Santa María Texcalac pregonando el supuesto milagro.

En un santiamén, la casa verde se vio rodeada de todo el pueblo. Se miraban los unos a los otros con rostro de interrogación, incrédulos en un principio, por un momento dudaron de la autenticidad, pero más tardó en llegar el párroco y asegurar por su vida y la de sus antepasados el glorioso milagro, que el pueblo entero se arrodilló frente a la piadosa imagen y comenzaron a rezar y pedir perdón, jubilosos de alegría.


Después me enteraría que las autoridades eclesiásticas de México no avalaron la imagen, argumentando que probablemente se trataba de la humedad, sin embargo, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás, pues había aparecido esa misma mañana un advenedizo sacerdote dominico, que haciendo eco al clamor popular había asumido el control para construir lo antes posible un altar digno para el hijo de Dios. Tomó tan en serio su papel que empezó a tomar poses de iluminado entrando en serios conflictos con la jerarquía católica.


Nosotros sin saber nada de lo ocurrido, llegamos al pueblo el domingo al amanecer. Hacía mucho frío, pero no lo suficiente para detenerme, quería llegar lo antes posible. Así que sólo compramos tamales y atole para el camino. Quería echar abajo los dos cuartuchos ese mismo día y sobre sus escombros construir mi proyecto, mi creación.

Cuánta habrá sido mi sorpresa, que no pude articular ni una palabra frente a lo veían mis ojos, era increíble lo transformado que estaba el terreno. Toda la maleza había sido arrancada, habían limpiado de piedras el lugar, incluso habían regado y barrido un amplio espacio frente al cual había una mesita con una sábana blanca y varios floreros llenos de flores. De techo habían tensado una lona de color verde. En breve empezaría la misa, la primera en que repartirían eucaristía. En lo alto de un árbol había un letrero que decía:

"Aquí se construye la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo Ensangrentado"

Del asombro pasé a la rabia, bola de soquetes -me dije a mí mismo-miren que me dejo de llamar Agustín Hernández si me dejo robar la oportunidad de demostrar lo capaz que soy como ingeniero. Empecé a insultar a la muchedumbre y, como Jesús en el templo, arremetí contra los fariseos. Es más -grité- yo vine a derrumbar esta pinche casa y lo voy a hacer ahora mismo. Así que, en un desplante de estupidez, tomé el marro y lo fui a impactar sobre la pared. Nunca lo hubiera hecho. La muchedumbre embravecida se me vino encima, me arrebataron el marro, me jalaron de los cabellos, me golpearon, me arrastraron y me patearon. Miguel e Iván, los muy cobardes, presenciaron la ejemplar lincha sin hacer nada.

Cuando por fin desperté, después de dos días inconsciente, me hallaba en el hospital del pueblo, vendado de pies a cabeza, no podía ni reírme a causa del dolor de tantos huesos rotos. Miguel terminó de contarme lo que aconteció aquella mañana: justo en el momento en que yo perdí el conocimiento llegó la policía y de pura casualidad se apiadaron de mí y apartaron a toda la gente.

Al enterarse de lo acontecido, mi tío Eulalio saltó en cólera e inició una aguerrida contraofensiva. Contrató al mejor abogado para reclamar la propiedad y pedir una indemnización por la agresión sufrida a mi persona.

Los feligreses se ampararon, pidieron tiempo para juntar dinero y comprar el terreno, se movilizaron para recaudar la cifra acordada; en lo referente a la madriza que me pusieron se negaron rotundamente a la indemnización, ni un centavo siquiera, alegando que había cometido sacrilegio.


Prosiguió el cambio radical de la casa verde. El sacerdote arengaba al pueblo para juntar lo antes posible el dinero, comprar el terreno y poner de una vez por todas los cimientos de la casa de Dios. Para colmo, se comenzó a propagar la creencia de que la imagen hacía milagros y pronto llegó una epidemia de turistas y morbosos que venían a pedir favores al Cristo de Santa María Texcalac.


Pero poco les duró el gusto, al mes llegaron las lluvias y la humedad en las paredes comenzó a subir hasta alcanzar el rostro de Jesús. Un día de tantos, el sacerdote de marras desapareció llevándose consigo todo el dinero que el pueblo había juntado, se llamó a las autoridades que, por supuesto, mostraron una clara decisión de querer resolver el fraude.

La gente se desencantó y maldijo el lugar, y las flores del altar comenzaron a marchitarse, los arreglos, todo fue olvidado. Nunca le compraron la casa a mi tío Eulalio y el terreno se volvió a poblar de silencio, suciedad y roedores. Mi tío nunca vería su granja de engorda hecha realidad.

Hoy, trabajando en la obra de un Centro Comercial, aquí, en la Ciudad de México, he recibido la llamada de mi hermano. El tío Eulalio ha muerto y en un gesto de gratitud me ha hecho propietario de la casa verde.

 

Roberto Cortés Hernández

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