Una historia de
tantas.
Paseábamos por el parque, bajo la estatua de Miguel Hidalgo, buscando
un lugar donde descansar. La tarde caía y el aire movía la bandera
del palacio municipal. Nos sentamos, por fin, cerca del kiosco, nos acercamos
más e intercambiamos sonrisas. Al menos el empiezo era prometedor.
De pronto Beatriz
me dijo:
- Cuéntame tu historia, cuéntame la versión de tu vida.
-¿La versión?- dije yo, extrañado.
-Sí, tu versión, todos tenemos una versión de nuestra vida. Nuestra vida es una y nuestra versión es otra, ya sabes, más agradable, la que podemos compartir, la que nos contamos una y otra vez a nosotros mismos, la que nos convence que vale la pena seguir aquí.
-Qué curioso, eres la primera mujer que me habla así de la vida.
-No te preocupes, ya te acostumbrarás, entonces... ¿qué me cuentas?.
-Bueno, -me relajé, dejé mi café a un lado y recosté mi cabeza en sus piernas- veamos cómo nos sale.
Comencé con la niñez, le hablé de los juegos de niños que acostumbraba practicar, de los encantados, policías y ladrones, el avión y muchos juegos más. Pasé de ahí a mi época de adolescente y a los tropiezos del amor, le hablé de aquella que me regañó por besarla, de aquella otra que bailaba muy bien, de la que conocí en el extranjero, de la que encontré a mi regreso; por supuesto omití aquellas infidelidades mutuas, los gritos míos, los celos de ellas, las intrigas, las escenas, los chantajes.
Dibujé mi vida de manera espectacular, parecía casi perfecta, hasta entrañable, diría yo. Sí, me sentía satisfecho, me sentía feliz de estar vivo.
Beatriz dijo sentirse sorprendida, "qué bonito cuentas, deberías
dedicarte a la literatura"
- Eso intento. -murmuré yo- Bueno, ahora tú, háblame de ti, platícame tu historia.
Ella se recogió el cabello. Para ese entonces el aire que soplaba era
frío y la oscuridad había inundado el cielo.
-Perdón qué no sea tan elocuente como tú, quizá porque mi profesión contable me obliga a ir directo a revisar el saldo, a señalar los números rojos, las facturas pendientes, las firmas falsas, la bancarrota.
Y me habló entonces de los hombres de su vida, de los cheques en blanco
que había girado, de los créditos sin aval que había aceptado
su corazón, de las farsas, de los fraudes, de los olvidos. Sus ojos no
lloraron, estoicos resistieron el recuento de los daños de una vida maltrecha,
herida de amor. Habló, habló y habló hasta quedarse sin
voz. No buscó un desenlace para su historia, simplemente guardó
silencio y se quedó mirando fijamente la oscuridad.
Nos quedamos los
dos así, como estatuas, por un momento, convencidos que ese día
no terminaríamos juntos, bastaba de tanta confidencia. Mi café
estaba frío y su corazón ausente. Pero por alguna razón,
nos sentíamos unidos... bueno, al menos eso creo. Ésta es mi versión
de la historia.
Roberto Cortés Hernández