La intrusa

No puedo dar una fecha exacta, no sé cuándo apareció en mi vida... quizá porque en un principio fue tan sutil que pasó desapercibida. Pero sucedió.

Un día de tantos, estás en el trabajo, te mandan llamar, te enseñan tus textos, sonríen, tú sonríes también, y dicen bueno, qué más da. Y no pasa nada y regresas a tu asiento. Pero ese acto se repite al día siguiente y la sonrisa que te dirigen ya no es tan franca y después se empeora porque tu error aparece en la presentación con los clientes de Ford y tu sonrisa se hace nerviosa porque la explicación del dedazo ya no convence a tu jefe quien, seguro, te pedirá mayor atención a los detalles. Pero la semana termina con un buen reventón...

El lunes siguiente mientras reviso el Newsletter la vuelvo a ver, allí, entre el sustantivo y el adjetivo, allí, en un lugar prohibido para ella, se pasea una estúpida coma.

Así fue, por absurdo que parezca una coma comenzó a infiltrase en mis oraciones, colándose entre el sujeto y el predicado, esquivando al corrector gramatical, camuflándose a mis ojos para pasar desapercibida en la enésima revisión frente a la pantalla. Pero apareciendo irónicamente al momento de la impresión. ¿Cómo corregirla si no era posible verla en la pantalla? Y si cambiaba la redacción ella escapaba siempre a tiempo y aparecía en otro renglón pero ahí, siempre ella, omnipresente.

La desesperación comenzó a apoderarse de mí, llamé al técnico para pedirle que revisara mi computadora pues un extraño virus estaba contaminando mis textos. Mientras tanto yo opté por tomar el corrector de agua y cazar a última hora a la intrusa para deshacerme de ella. Tome todo tipo de precauciones para evitar intercambiar archivos de la computadora del trabajo con la de mi casa. Aparentemente había ganado, pensaba que la tenía controlada, sin imaginarme que ella estaba preparando la guerra de Troya.

Todo parecía marchar mejor hasta que un día en la universidad me mandó llamar la profesora de Diseño de Materiales Didácticos para decirme que mi Unidad Didáctica le había parecido bastante interesante pero encontraba demasiados errores ortográficos que la obligaban a darme una baja calificación.
 
Yo me quedé perplejo y pedí una copia de mi trabajo. Las evidencias eran inobjetables, comas donde debían ir puntos y aparte. El uso de la [S] donde tenía forzosamente que ir  [C]. Párrafos interminables, verbos mal conjugados... era un horror, simplemente un horror. Pedí clemencia, era absurdo que pudiera cometer tantos errores. Hablé al día siguiente con la coordinadora del diplomado pues otro profesor también hizo las mismas observaciones de mis trabajos. Platiqué con ella, pedí que se me hiciera un examen escrito para demostrar mi buen manejo del español, argumenté que ella misma sabía cuánto había estudiado para mi examen extraordinario de Morfosintaxis. Ella pidió que me calmara, que vacunara mi computadora y que repasara las reglas gramaticales del español pues si pretendía ser profesor esos errores eran inadmisibles. Al tercer día tendría que presentar un examen por escrito.

Una semana más tarde, los ejecutivos de Ford llamaron a la oficina y exigieron hablar directamente con el Director General para quejarse de lo que ellos decían eran “errores de mala fe y tendenciosos”. Mi jefe trató de tranquilizarlos, prometió mi despido inmediato, pero el daño estaba hecho: el envío semanal de noticias que recibían los 380 clientes estratégicos de la compañía, en la última edición contenía una serie de difamaciones y opiniones contrarias a la industria automotriz. Una bomba mediática se aproximaba y la hoja de mi renuncia me esperaba en mi escritorio.

Salí despedido, sin finiquito y con la amenaza de una demanda legal. Esa tarde se me hizo eterna, vi caer la noche con una Big Mac en mis manos, mientras los coches pasaban de un lado a otro y con la carita feliz sonriéndome todo el tiempo.

Al día siguiente nadie contestaba mis llamadas, la desgracia de su atento servidor había viajado como virus informático y ninguna empresa de Internet estaba dispuesta a contratar mis servicios como editor.  Escribir que siempre había sido mi vida se estaba convirtiendo en mi mayor fracaso.

Para terminar, el examen escrito que resolví en la Coordinación de Español del CEPE me podía contra la pared. Tenía un 3.5 que me marginaba irremediablemente del Diplomado.

 

(...) Ahora que cuento mi historia, me siento mejor. Sí, tal vez la narración ha sido muy accidentada, pero escribir un guión probablemente me hubiera metido en más líos. Ojalá alguien me esté escuchando, pero a estás horas de la madrugada y en una estación como Radio Chapultepec, quién sabe.


Roberto Cortés Hernández

Regresar al index