La Suerte.

A las cinco de la tarde eran las visitas. Su familia no iba venir hoy, pero Rebeca, su novia, tenía más de quince minutos de haber pasado a visitarlo. Yo me encontraba en la sala de espera, impaciente. Por fin bajó Rebeca y me hizo señas para que me acercara. Lo hice y mirando a todas partes se acercó más y me dijo al oído:

- Dile que desista de esa estúpida idea, lo van a matar, yo sé lo que le digo... convéncelo Roberto, por favor -. Luego de esto, se dirigió a la salida y se alejó moviendo la cabeza, negativamente.

La vi alejarse y la seguí con la mirada que de pronto se detuvo en su espalda y recorrió su cuerpo para detenerse por un momento en el andar de su falda negra. Entonces me dije, entre dientes: “¡Qué buena está esta vieja!“.

Me di la vuelta y me dirigí hacia el elevador pues el cuarto de Rodrigo estaba en el tercer nivel. Recorriendo un largo pasillo me di cuenta que en dirección contraría venía una enfermera gorda, no sé por qué me llamó tanto la atención, será porque estaba realmente gorda y me sorprendió que siendo enfermera no supiera lo peligroso que es para la salud tener tantos kilos de más. Nos detuvimos frente a frente. Ella me preguntó ¿busca el cuarto 316? Así es contesté. Ella abrió la puerta y me dijo “Pase, usted primero”, lo cual hice seguido de ella, que traía consigo un vasito con pastillas de colores.

Rodrigo estaba recostado sobre la cama. Al ver a la enfermera se sentó rápido en la cama y con una mirada fulminante me detuvo a la mitad de la habitación. Todavía tenía vendada su cabeza y su brazo derecho, pero al parecer sus costillas ya estaban mejor, pues sus movimientos eran más ágiles. La enfermera le puso las pastillas en la mano y llenó el vasito con el agua que había en una jarrita. Rodrigo tomó rápido las pastillas, agradeció a la enfermera y me volvió a lanzar otra mirada para mantenerme en mi lugar hasta que la enfermera retomara su camino y se fuera.

A como nos quedamos solos me pidió que me acercara.

•  Qué bueno que viniste temprano, buey, -me dijo con ansiedad-, necesito que me hagas un favor.

•  Pues pa qué soy bueno -pregunté.

•  Buey, eso sí, nadie se debe enterar. Esto es aquí entre tú y yo.

•  Oye, ¿Tiene que ver con lo que me dijo Rebeca?

•  No le hagas caso a esa pendeja, que ella también me las va pagar, nada más deja que salga de aquí.

•  Pues esa pendeja es tu novia.

•  Ya no es ni madres de mí, y ya deja de jorobarme con eso porque acaba de tronar conmigo la muy cabrona, quesque por mi bien, para que no me pase nada... ni sabe de lo que soy capaz. Por eso te quería ver mi Robert, te conozco desde hace un chingo y sé que no te me vas a rajar. Mira necesito que me consigas una fusca, porque saliendo de aquí me voy a cargar al cabrón de Ramiro, por ésta que sí lo mato.

•  Estás pendejo, cómo se te ocurre.

•  Que sí buey, no me pienso quedar así nada más con las manos cruzadas, mientras ese se ríe de mí. Tú consígueme el arma y déjalo todo en mis manos. Quiero ver si ese cabrón es tan machín como dice, solito sin sus cuates.

•  No seas buey Rodrigo, si la riegas te ponen otra madriza que no vives para contarlo.

•  Me vale madres, te juro que esto no se queda así. Tú haz lo que te digo y no le cuentes a nadie. No me voy a detener hasta que alguno de los dos salga con los pies por delante. Ahora vete y consigue lo que te pedí.

Me fui, incrédulo de lo que había oído. Entonces, esa era la estúpida idea a la que se refería Rebeca: Matar a Ramiro... cómo si fuera tan fácil, como si uno no supera que ese buey anda en algo chueco y grueso, de qué otra forma justificar el dinero que anda presumiendo con sus amigos, su nuevo coche y sus ropas nuevas. Pero si Rebeca no había podido persuadir a Rodrigo ¿acaso yo iba poder? ¿Acaso yo iba correr con mejor suerte?...

Suerte. Esa palabra siempre me ha atraído, en realidad mi vida ha girado constantemente alrededor de ella, la suerte o las inexplicables razones del destino cuando te sonríe.

Mi amistad con Rodrigo era ciertamente de años, desde la primaria, yo no sé por qué siempre me metía en problemas y él siempre llegaba a salvarme de los golpes que ya me estaban propinando. Nunca supe por qué lo hacía, pero tenía esa extraña capacidad de aparecer en el preciso momento en que necesitada de alguien fuerte, rudo y mal encarado... digamos, tenía suerte.

Por supuesto que no hice nada. No le conseguí la pistola, en qué cabeza cabe quererse vengar de Ramiro, al fin y al cabo, Ramiro había andado primero con Rebeca y ahora con tanto dinero ya no requería de ensuciarse las manos para que Rodrigo se hiciera a un lado y le dejara el camino libre para regresar con ella. Sí, ya sé, Rebeca está muy bien y es super cachonda y todo lo que quieras pero tomar una pistola y matar a alguien, esas eran pendejadas, por supuesto que no iba a participar en algo tan absurdo.

El problema fue que Rodrigo no lo olvidó y a los dos días se presentó en mí casa y cómo le dije lo que pensaba de él y que no le había conseguido nada, se enfureció, se le prendieron los ojos, jamás había visto ha alguien así, era cómo ver la transformación de un hombre en un animal, de un momento salieron a flote la brutalidad que cada hombre lleva adentro, me insultó, se contorsionó, pateo mi puerta, me mentó la madre, pero increíblemente no me dio ni un solo golpe. Yo estaba impresionado. Se marchó sacando chispas y yo había salido ileso. Una vez más la suerte estaba conmigo.

Pasaron los días y no volví a ver a Rodrigo, yo traté de seguir con mi vida. A Rebeca la vi alguna vez pasar en un auto nuevo, no pude ver a su acompañante pero supuse que era Ramiro. Tenía razón Rodrigo, ella era una pendeja. Pero eso sí, una pendeja bien cachonda, que sabía vestir muy bien, llamando la atención de hombres y mujeres. Por supuesto, cuando la conocí, yo también quería con ella, pero al darme cuenta de sus gustos y los amigos que se hacía acompañar desistí pronto de ella..

Paradójicamente la suerte la había puesto cerca de mí, como novia de Rodrigo de vez en cuando me los encontraba en fiestas, ellos bailando y yo tomando, fumando o perdiendo el tiempo en conversaciones que no llevaban a nada, hasta que de repente mis ojos soñolientos, se volvieran a posar en Rebeca, porque verla bailar de esa manera, tan, como decirles, insinuante y a la vez ingenua, graciosa y a la vez maligna, haciendo figuras con los brazos, moviendo las caderas, coqueteando con los ojos, era sublime.

Tres semanas más tarde, un sábado por la tarde Rodrigo fue a mi casa, yo no tenía nada que hacer, me encontraba jugando con el control remoto prendiendo y apagando la televisión, cambiando de canales, jugando con los tonos, el brillo y el color, poniendo mute o subiéndole al volumen. Cuando escuché el timbre estaba tan aburrido para pensar que mecánicamente me acerqué a la puerta y sin preguntar, giré la perilla y abrí. Frente a mí apareció Rodrigo.

-¿Qué pedo guey, qué haces?.

- Nada –dije, realmente perdiendo el tiempo y tú

- Necesito que me acompañes, ponte una chamarra.

- Otra vez vas a empezar con tus ideas...

- ¡Apúrate que va llover!... mis ideas, qué, no me digas que sí conseguiste la fusca.

- Qué, a poco me vez cara de judicial

- No importa ca, órale vámonos, en el camino te cuento.

- Espérame un momento.

No sabía que tenía pensado hacer Rodrigo, pero como tampoco tenía nada que hacer, apagué la televisión, tomé mis llaves y una chamarra impermeable y salí con él.

Tomamos un taxi y fuimos a un café chino no muy lejos de la casa. Pedimos un café y unos panquecitos y nos sentamos en una mesita escondida, cerca de una fuente que tenía peces. A como ocupamos nuestro asiento, Rodrigo me empezó a contar todo: en las dos últimas semanas se la había pasado espiando a Ramiro, ya tenía un plan para asesinarlo y acercándose más me dijo “mira, lo que tú, pinche gallinita, no pudiste conseguir”. De su cintura sobresalía una pistola.

- No mames buey.

- Cállate cabrón, yo lo voy a matar no tú. Lo único que quiero es que me acompañes y mira, justo a tiempo, mira quien está entrando. Era Ramiro, con otros tres, ocupando una de las mesas del centro.

Yo sentí como un baño rápido de adrenalina bañaba mi cuerpo, la sangre se me agolpó en la cabeza e inconscientemente comencé a temblar. Rodrigo, sin embargo, estaba sereno, sin mostrar ningún temor, confiado de que sin duda él haría el primer disparo y tendría posibilidades de escapar dentro de la misma confusión. Me miró y me dijo “para que funcione tiene que ser rápido, no gritos, no policías, tú pasas rápido, yo te sigo y me paro frente a él, le baño el cuerpo de balazos y salimos corriendo. ¿Estás listo?

- Espérate buey, nos van matar.

- Mira mi Robert, no pienses, sólo has lo que te digo, caminas rápido, no voltees a verlo, escuchas los balazos y le corres. Va cabrón, te sigo.

- Ay pinche Rodrigo, no mames, por qué chingaos me metes en tus pendejadas.

- Que pedo buey, o chingaos te paras y te sales o a ti también te toca.

Tomé fuerzas, me concentré y me dije a mí mismo, que sólo era eso, salir rápido y si había que hacerlo tenía que hacerlo ya. Me levanté de un salto y rápido me dirigí hacia la puerta.

Decidí no mirar hacia delante pero una sombra frente a mí me hizo alzar la vista. Era Ramiro, que mirándome a mí extrañado me dijo,

- Y tú qué haces aquí pendejo.

No pude contestarle, en ese momento el brazo de Rodrigo, empuñando la pistola, sobresalió de mi espalda y tres disparos a bocajarro se fueron a hundir directo en el cuerpo de Ramiro. Fue un verdadero shock. Aún recuerdo esos sonidos secos, el cuerpo tambaleante de Ramiro que retrocedió tembloroso y mucha obscuridad. Agache el cuerpo y salí corriendo a todo lo que daba, pasé rápido por la mesa de los amigos de Ramiro, escuché gritos y más disparos, salí por la puerta principal y corrí por la avenida Insurgentes lo más que pude, apretada la mandíbula, rojo de coraje, no me detuve hasta sentirme a salvo, lejos de todo alboroto. Tenía el pantalón mojado de mis propios orines. Me puse a llorar asqueado, inconsolable. Vomite y maldije mi suerte. Rodrigo no alcanzó la salida.

Siempre he pensado que los finales no siempre se dan como uno quisiera, pero uno no puede cambiarlos. A veces salen bien las cosas, pero otras veces no. En esto, insisto, influye la suerte. Cuando la familia de Rodrigo se enteró de la muerte de su hijo movieron aire y tierra para exigir justicia, pero al enterarse que Ramiro también estaba muerto desistieron de toda represalia y se cambiaron de rumbo, hacía el sur de la ciudad. En cuanto mí, no sé cómo tomar lo sucedido, la suerte se mostró benigna y me fue acercando a Rebeca, primero por el dolor mutuo, después, por este amor, que todavía continúa.

 

Roberto Cortés Hernández

Regresar al index