Paraje soledad


A una dama en mi memoria


Hace tiempo, en el tiempo que compartimos, pensaba que la soledad era una especie de enfermedad de la cual uno tenía que cuidarse, manteniendo el ánimo alto y buscando siempre alguien con quien compartir el tiempo. Y si por algún motivo uno caía en su dominio, tenía que tomar medidas rápidas. Una llamada telefónica a un amigo podría ayudar, tomar café con una ex novia, visitar un pariente, un poco de sexo, incluso un libro podría ser válido.


Pero en los últimos tres años, todo ha cambiado. Así como las víboras mudan de piel yo he mudado de ideas, por momentos las calles repletas de esta ciudad me son ajenas.

Hoy recargado en los cristales de un autobús, viendo llover miro las cosas de otra manera, veo que la soledad no es una enfermedad, que no hay forma de evadirla, porque la llevamos en la misma sangre, porque a veces pienso que de soledad fue creado el hombre, soledad divina, pero soledad al fin. Y para darnos vida, Dios lleno al hombre de sueños, sueños que nos hacen levantarnos cada mañana y nos permiten dejar nuestro letargo, caminar, movernos, respirar. La vida es un sueño más. Tan maravilloso como vano.

Pero si somos soledad, vació, inmediatez... insistimos en llenarnos de algo. Unos trabajan jornadas agotadoras, se encierran en una oficina persiguiendo sueños de riqueza y soportando a idiotas como jefes. Otros se entregan a los estudios y se llenan de títulos y becas, pero no conocen todavía lo que es ganarse un cheque quincenal, no conocen lo que es fallar en el trabajo, ni han experimentado estar desempleado. Hay quienes toman el camino trazado y se casan y tienen hijos y a los hijos les cobran la factura de sus sueños no cumplidos.

Pero la soledad permanece, está en nosotros, se refleja en nuestra sonrisa cada vez más desangelada, la llevamos vayamos a donde vayamos. Los años pasan, la vida pasa, pero la soledad se queda.


Si yo pudiera llenaría este vacío con humo de cigarro, pero ya no fumo, si yo pudiera lo llenaría de amigos, pero hace tiempo que ya no los frecuento. Si yo pudiera lo llenaría de ti, pero por desgracia (ahora lo veo) irremediablemente te he perdido.

 

Roberto Cortés Hernández

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