Plaza Mayor
El Zócalo se ve repleto de puestos ambulantes. Bañada por el sol de medio día, la Plaza de la Constitución, con su acostumbrado fragor, hormiguea de personas, caminando hacia todas direcciones, danzando, gritando, vendiendo artesanía. El tiempo y su incesante paso.
La ciudad se nos está cayendo a pedazos y nadie lo nota. El gobierno promete un rescate arquitectónico pero nadie le cree, ésta es la ciudad de los incrédulos. Nadie la cuida. Lo importante es sobrevivir a ella.
A lo lejos veo que Joel otra vez se está peleando con su sombra, revolcándose en la tierra como lombriz, con los ojos desorbitados, blasfemando. Nadie le hace caso. Todos pasan y lo ven como parte de la decoración. Yo no sé por qué le pongo atención, tal vez porque no tengo nada que hacer, sólo vengo al Centro Histórico en los días soleados y busco un lugar donde pueda tenderme y asolearme. Conozco cómo funciona esto. Sólo te dejas caer sin mirar a nadie y en un par de minutos también pasas desapercibido.
Antes me gustaba seguir con la mirada a los turistas, pero ahora prefiero cerrar los ojos y sentirme muerto, sentir cómo se detiene el tiempo y sentir mi desvanecimiento. Me sumerjo en una especie de trance, puedo escuchar los latidos de mi corazón y el intenso calor me hace ver oasis por todas partes. Soy casi invisible, los soldados pasan de frente, los perros husmean por un rato y se van.
Hace un año que hago esto, sólo vengo a morir un rato, a ser conciente de mi vacuidad. Nadie me nota salvo aquellos que, como yo, vienen aquí a matar su tiempo, como Adrián el plomero, que desde hace 6 años se sienta frente a Catedral con su herramienta y su anuncio de “Plomería en General”. En esos seis años nunca ha aceptado un trabajo. Sólo quiere estar con los otros y no sentirse tan solo; Asunción, la mujer que vende los jugos, deja su puesto para perderse un rato y babosear por los aparadores y comprar de vez en cuando baratijas. Sonríe por un momento, se olvida de sus arrugas hasta que regresa para constatar que está encadenada a ese maldito puesto ambulante de jugos, que nadie siquiera por maldad le robará unas frutas ni lo moverá de lugar. Ésa es su cruz; Martín, el morenito, el que vende droga a los adolescente, está enamorado y siempre le compra tonterías a su novia, que si frijoles saltarines, que si cometas, que si estampitas religiosas. Él quiere casarse y formar un hogar, pero lejos de aquí, donde no haya violencia y no vendan drogas. Todas estas historias llegan a mis oídos. Me sorprende la urgencia que las personas tienen por contar su vida, sus miserias cotidianas.
Yo no platico con nadie, cuando se acercan los ignoro, cierro los ojos y finjo dormir hasta que se aburren y se van. Nunca cuento nada, no sé por qué no entienden que sólo vengo a morir un poco. Cada vez me convenzo más que este lugar sigue siendo un sitio de sacrificio, un sitio que huele a muerte, a sangre descompuesta, que los que caminamos por sus calles estamos muriendo junto con la ciudad, es un mismo proceso de desmoronamiento, en los que unos son concientes y otros simplemente lo ignoran.
Roberto Cortés Hernández