Tauromaquia


La plaza estaba a reventar. El ruedo húmedo tenía ese olor característico que deja a su paso la lluvia. Los espectadores en las gradas rumian desaforadamente. El matador con elegancia, sacaba buenos lances con el capote, verónicas prolongadas con pasos laterales que festejaba la concurrencia con los clásicos ole, oleeee..

" Torea con elegancia y pulcritud al primero de la tarde..." decía desde su tercera fila el locutor deportivo del noticiero nocturno, narraba con lujo de detalle lo que acontecía en el ruedo, o como dijera el letrado comentarista Sony Alarcón, "narraba lo inenarrable".

Estaba exhausto el pobre hombre con las seis banderillas de colores incrustadas en su espalda, exhausto, se dolía de una abundante hemorragia, resoplando y jalando aire por la boca.

El toro aprovechaba ese momento de tregua para agradecer a la multitud, quitándose su montera le dedicaba la estocada a una bella vaca jaspeada, de muy buena presentación, que estaba sentada a mi lado. Ella suspiró profundamente.

Acto seguido, el toro aventó su montera al aire y puso su espada a media altura. Se acercó a su víctima, se perfiló en medio del silencio absoluto, abismal, que toda la plaza guardaba. La espada se notaba insegura, titubeante, sin embargo, con una fuerte y precisa arremetida se hundió por entero en la humanidad del pobre hombre. El cual, todavía permaneció de pie, tambaleándose en piernas flojas, herido de muerte por esa magnífica estocada en medio del corazón. Sus fuerzas flaquearon y miré desde mis bifocales como se derrumbara en medio del ruedo, bañado con su propia sangre.

Los toros se pararon eufóricos de sus asientos, brindando una inmensa ovación. El juez con una amplia sonrisa le otorgaba el par de orejas al que, sin duda, sería el triunfador de la corrida. La multitud se abalanzó al ruedo y sacó en brazos (bueno, en lomos) al matador.

Roberto Cortés Hernández

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