Tic - tac
Ella dijo aquella vez,
que su corazón era como un reloj...
con sus horas eternas,
sus paciente minutos
y esos fugaces segundos.
Si fuera así -aventuró aquella otra-
cómo me gustaría que le dieras cuerda al mío.
La primera sonrió, visiblemente aliviada...
se acercó serena y la beso lo mas tiernamente posible.
La segunda, sin rehuir a las caricias,
cerro las cortinas, se quito la blusa
y se colgó de los brazos de la primera,
feliz... tal vez como nunca lo había sido.
Y si, los minutos pasaron
y la noche llegó,
y por un rato,
pareció interminable.
Roberto Cortés Hernández